Hasta que la firma del Presidente no descansa, húmeda y definitiva, sobre el papel timbrado, nadie sabe nada. La especulación es el deporte oficial de las insignias: generales que se miden los hombros en el espejo convencidos de que el despacho principal les espera, viceministros que ya ensayan el saludo militar frente al sillón ministerial por llevar los años cumplidos en el escalafón, y coroneles que hacen llamadas discretas para sondear la temperatura de la política. Porque en estas lides, la hoja de servicio importa, claro, pero el hilo directo con el Poder Ejecutivo pesa más que todo el plomo de los arsenales.
Todos apostaban a la lógica del escalafón cansado: el ministro, habiendo agotado su tiempo reglamentario, entregaría el bastón. Pero la paciencia en la milicia es una virtud que pocos ostentan y menos comprenden. El ministro permaneció firme en su silla, imperturbable ante la matemática del tiempo, recordando a la tropa que en política el reloj no lo marca el calendario, sino la confianza del Presidente.
En la jerga del edificio, el tramo largo de las oficinas superiores tiene un bautizo soterrado y sombrío: el pasillo de la muerte. Un corredor de pasos ecoicos y alfombras espesas donde habitan los viceministros. Enviar a un comandante saliente a esa franja es el protocolo no escrito del olvido elegante. Es condenarlo a representar al ministro en actos menores, a administrar presupuestos invisibles y a ver pasar las horas en un sillón mullido, esperando con resignación la próxima ola de decretos o un nombramiento como asesor del Poder Ejecutivo.
Sin embargo, para el comandante general Floreal, el destino rompió el libreto. Mientras a decenas de oficiales con los años sobrepasados los dejan en una dirección secundaria o en sus casas sin quitarle el uniforme —manteniéndolos en un limbo decorativo—, a Floreal le llegó la llamada directa de la pensión. Ni pasillo, ni espera, ni protocolo de transición: el retiro definitivo. Un movimiento que levantó los murmullos de la guardia, pues descuadró la costumbre de "estacionar" a las altas insignias antes del despiece final.
Y como si la baraja necesitara más giros, las sillas de mando jugaron a la perinola. El jefe del Ejército, cuyo paso natural tras el mando de tropas solía ser la escala previa del viceministerio, terminó sorpresivamente en la Inspectoría General del Mide. Mientras tanto, quien ocupaba la Inspectoría hizo el camino inverso hacia la oficina de viceministro, intercambiando roles y descolocando los pronósticos de los pasillos.
La lección que deja la jornada entre los muros del Mide es tan vieja como el uniforme: en el arte de la estrategia militar moderna, la batalla decisiva no se libra en el campo, sino en la víspera del decreto. Quien no tiene la paciencia, la conexión y el oído en el Palacio, se despierta pensionado cuando esperaba el despacho, o caminando al pasillo de la muerte cuando ya se sentía ministro. Porque en la política castrense, hasta que el decreto no suena, todos los generales son de papel.
17 de agosto 2026

No hay comentarios
Publicar un comentario